El movimiento del voto andaluz

13 de mayo de 2026 por
El movimiento del voto andaluz
Julia Del Val Fernández

A menos de una semana del 17 de mayo, la conversación sobre las elecciones andaluzas gira casi por completo en torno a una pregunta: ¿conseguirá el PP la mayoría absoluta? La última encuesta del Centro de Estudios Andaluces dibuja un escenario en el que la pregunta sigue sin una respuesta clara. Se prevé que el PP gane, pero la verdadera duda reside en por cuánto lo hará. Sin embargo, esta inmediata lectura de los datos no proporciona información adicional útil. El foco debería de ser redirigido a una pregunta que solo el preelectoral puede responder: ¿cuánto se está moviendo el voto andaluz desde 2022? Si el cambio es pequeño, el 17M se parecerá mucho a las anteriores autonómicas, mientras que, si es grande, la fotografía final no dependerá tanto del estado de cada partido como del flujo entre ellos.

Analizar el posible movimiento del voto se vuelve esencial en buena parte de las convocatorias autonómicas recientes, donde el factor decisivo de las elecciones ha sido dicho flujo. En la pieza anterior de este observatorio se describió cómo el sistema electoral andaluz convierte votos en escaños, con un reparto provincial favorable a los distritos pequeños y una barrera electoral que castiga la dispersión partidista. A través de la óptica del preelectoral del CENTRA, observamos tres diferentes lecturas que se complementan y matizan entre sí, explicando el sistema electoral que ejecutará el próximo 17 de mayo.

En una primera observación, parte de la cobertura habitual sobre el escenario socialista en Andalucía descansa en una hipótesis heredada de 2022, la de la desmovilización selectiva. En aquellas elecciones, parte del colapso del PSOE no se explicó tanto por el trasvase de voto a la derecha como por la abstención masiva de votantes propios. Si ese patrón se repitiera el 17M, las elecciones serían un resultado de la participación, y no de las preferencias políticas de sus electores.

Cuando se pregunta a los entrevistados con qué probabilidad acudirán a votar, los electorados con representación parlamentaria responden en niveles equivalentes: más del 87% de cada uno se sitúa en la franja alta de la escala. El votante del PSOE y el del PP están separados por menos de tres puntos, mientras que el de Adelante Andalucía es el más movilizado del conjunto. La única categoría con una disposición notablemente inferior son los entrevistados con una abstención previa, lo cual es razonable. Si todos los electorados con representación van a votar en proporciones similares, la asimetría que decidirá el 17M no operará en el eje de la participación, sino que operará en el del cambio de voto. En consecuencia, los datos de CENTRA rechazan la hipótesis planteada previamente.

A raíz de los resultados, conviene precisar cómo se va a materializar dicho cambio. El cruce entre el recuerdo de voto de 2022 y la intención declarada para el 17 de mayo permite reconstruir la matriz de transferencias del electorado andaluz. El movimiento de la matriz demuestra un efecto significativo pero desigual.

De dichos cambios, merece destacar tres observaciones. En primer lugar, destaca la evolución del PP. Su crecimiento previsto no se debe a una mayor movilización propia, sino que a dos movimientos simultáneos. La absorción del antiguo electorado de Ciudadanos, del que captura más de la mitad, y un arañazo significativo al voto de Vox, del que recoge una parte sustancial. En consecuencia, el aumento del voto hacia el PP crece por reordenación interna del bloque de centroderecha, y no porque avance sobre nuevos territorios. Es un crecimiento que, estructuralmente, tiene un techo más bajo que el de 2022, porque agota el mercado disponible.

En segundo lugar, la baja retención del voto socialista esconde lo más relevante. La fuga no tiene un destinatario claro, se desplaza simultáneamente hacia Adelante Andalucía, Por Andalucía, el PP y la indecisión. Se trata de la peor combinación posible para una estrategia de recuperación, porque obliga a competir a la vez con la izquierda alternativa, con la derecha de centro y con la propia desafección. Cada una de esas fugas exige un mensaje distinto, que a menudo, es incompatible con los otros.

En tercer lugar, los resultados de Vox. Su saldo neto positivo es real, pero se compone de una manera particular. Vox retiene a menos votantes propios que cualquier otro partido con representación, sus fugas derivan en el PP y en Se acabó la fiesta. Su crecimiento depende, en última instancia, de captar electores primerizos ,es decir, aquellos ciudadanos que en 2022 no pudieron votar por edad. Esto se presenta como una buena noticia coyuntural y una vulnerabilidad estructural a la vez. El voto primerizo es un voto sin historia y, por tanto, sin inercia, lo cual supone que sea mucho más volátil que el de un partido que retiene a los suyos.

A esto cabe sumar una nota sobre el espacio de la izquierda alternativa. Adelante Andalucía y Por Andalucía se trasvasan votos mutuamente, prácticamente en simetría. No obstante, el bloque en conjunto no crece, sino que se redistribuye dentro de sí mismo. Esa simetría dificulta cualquier estrategia coherente, porque cada porcentaje que una formación gana supone una pérdida para la otra. Asimismo, se dificulta la estrategia de bloque. Las dos candidaturas tienen incentivos a presentarse separadas para captar a su base nuclear, a pesar de que el coste agregado (en términos de escaños bajo D'Hondt) sea alto. Este equilibrio inestable no es más que castigado por las reglas del sistema andaluz, ya descritas en la pieza anterior.

Las anteriores observaciones son recorridas por una cuestión metodológica, las encuestas españolas no recuerdan a todos los partidos por igual.

Conviene recordar la latente asimetría en cómo los andaluces declaran su voto pasado a la hora de leer los gráficos anteriores. Si uno los reescala para hacerlo comparable con el resultado real, el recuerdo del electorado del PP queda casi clavado al porcentaje que el partido obtuvo en 2022. El de Vox queda casi seis puntos por debajo, mientras que los del PSOE y Por Andalucía, quedan algo más de tres puntos por encima. Esto presenta el patrón habitual en encuestas españolas, donde aquellos electorados de partidos socialmente estigmatizados tienden a no admitir haberlos votado, y los de partidos progresistas, en contraste, declaran haberlos votado aunque no lo hicieran.

La consecuencia práctica es directa puesto que las matrices de transferencia no se calculan sobre el electorado real de 2022 sino sobre quienes hoy declaran haber votado a cada partido entonces. Sin embargo, dicha base está sesgada. La submuestra del PSOE en la encuesta es mayor que su electorado real en 2022, así que su retención declarada (ese 67,9%) probablemente esté algo inflada y la fuga real sea mayor. Lo mismo pasa con Por Andalucía. La submuestra de Vox, al contrario, es menor que su electorado real, lo que disimula sus fugas. En conjunto, las cifras del preelectoral comprimen los movimientos del voto a la derecha y los amplifican en el de la izquierda. La asimetría real del cambio del voto andaluz es, casi con seguridad, mayor que la que las tablas dibujan.

Estas tres lecturas dibujan un electorado andaluz movilizado y en reordenación. La asimetría que decidirá el 17 de mayo no opera en el eje de la participación, que se prevé alta y simétrica entre todos los electorados, sino que está dirigida por el del cambio de papeleta. Y la dirección marcada es específica: el centroderecha se está reordenando hacia el PP, la izquierda se canibaliza dentro de su propio bloque y Vox crece a costa de los primerizos. Todo esto, además, queda condicionado por un sesgo de recuerdo que probablemente disimula la magnitud real del trasvase hacia la derecha.

 

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